El Talento es un Privilegio, la Disciplina es un Derecho

Por Mario Rodríguez Padrés
Networker, escritor y conferencista

En el vasto escenario de la vida, hay quienes nacen con el reflector encendido sobre ellos. Su sola presencia, su carisma natural, su facilidad para comunicarse o su innata habilidad para conectar con los demás les otorgan un aura especial. Son los talentosos, los bendecidos por el destino con un regalo que, paradójicamente, puede convertirse en su mayor trampa.

Luis Miguel y la disciplina oculta

Pensemos en Luis Miguel, el cantante mexicano que el mundo entero admira. Desde niño, la genética y el entorno se alinearon para crear una estrella. Su voz, presencia y magnetismo eran evidentes desde la infancia. Sin embargo, detrás de cada interpretación impecable, hubo años de disciplina feroz. Su padre, con una rigurosidad casi despiadada, lo sometió a un proceso de formación riguroso. Porque el talento, por prodigioso que sea, es solo un diamante en bruto que el cincel de la disciplina convierte en obra maestra.

La trampa del talento: la liebre confundida

Es ahí donde tantos nuevos networkers se extravían. El talento natural puede ser el primer gran enemigo del emprendedor. Porque cuando alguien tiene facilidad para hablar, para conectar, para convencer, suele dar por hecho que esa facilidad le dará resultados inmediatos. Como en la fábula de la liebre y la tortuga, el talentoso asume que tiene ventaja y que el mercado lo está esperando. Pero el mercado no responde al carisma: responde a la constancia y a la repetición.

La historia de Carolina: la victoria de la constancia

Aquí es donde la historia de Carolina brilla. Carolina, una joven tímida y reservada que trabajó como recepcionista en mis oficinas, sin carisma escénico ni presencia arrolladora, pero con algo mucho más valioso: la humildad de rendirse al proceso. Carolina estudió, practicó, superó su miedo y avanzó cada día. Hoy es un pilar sólido, admirada no por su carisma, sino por su disciplina inquebrantable. Ella es la prueba viviente de que el talento es opcional, pero la disciplina es obligatoria.

La inmersión de Massimo Dalberto: la metáfora definitiva

Recientemente, coincidí con mi amigo Massimo Dalberto, un networker italiano que habla perfecto español. En un congreso en Madrid, compartimos reflexiones y él me relató una experiencia transformadora. Por sus resultados, ganó un viaje de reconocimiento a los Emiratos Árabes. En medio del desierto, visitó un spa de primer nivel donde le ofrecieron sumergirse en la famosa tina con hielo. Pero lo importante no fue la práctica física, sino la lección mental que el coach especializado le transmitió. El coach explicó que la experiencia tenía tres fases:

1. La fase de resistencia: El primer minuto es doloroso, el cuerpo grita y pide salir. Todo es antinatural. El rechazo inicial en redes de mercadeo es igual: te duele que te ignoren, que te rechacen o que tus prospectos te digan que no.

2. La fase de adaptación: En el segundo minuto, el cuerpo se adapta, la respiración fluye y la incomodidad disminuye. Igual sucede cuando te acostumbras a exponer el plan y aprendes a manejar objeciones.

3. La fase de apego: En el tercer minuto, la experiencia es placentera y no quieres salir. Aquí es donde el proceso se vuelve parte de ti, donde disfrutas el negocio y te defines por él. La gran lección que Massimo recibió fue esta: «Cuando sientas la resistencia y tu mente te grite que te salgas, deja de escuchar tu mente y ríndete al proceso». Es el mismo consejo que todo nuevo networker debería grabarse en el alma.

Conclusión

Si naciste con talento, celébralo, pero no te engañes. Si no tienes talento, no te preocupes. El mercado no premia el talento. Premia la disciplina. Lo único que el mercado respeta es la consistencia implacable de quien decide rendirse al proceso día tras día, sin excusas y sin dramas. El verdadero éxito no es un premio al talento, es la consecuencia inevitable de la constancia.

Frase final

El talento puede ser un regalo, pero la disciplina es un pacto que haces contigo mismo. Y solo aquellos que honran ese pacto descubren que el éxito no es un destino, sino el eco inevitable de cada paso que nadie vio.

Mario Rodríguez Padrés


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